miércoles 3 de febrero de 2010

SELECCIÓN DE POEMAS:

I


En qué lugar de mí
se agazapaba el hombre
que me iba a mirar como a un extraño.

En dónde estaba él cuando la lluvia
caía mansamente sobre el lomo
brillante y resignado de las vacas,
y mis botas de goma perseguían
el trozo de la rama que era un barco
veloz por el caudal de las cunetas.

En dónde cuando el cauce
que formaban las hojas
de los árboles
iba vertiendo ríos
que llenaban los huecos
de la risa.

Cuando orinaba en las cuevas
de los grillos, dónde.
Dónde cuando desnudo
volvía el rostro y las manos hacia el cielo
para sentir la lluvia
deshilachar mi túnica de barro.


En qué lugar de mí
se agazapaba un hombre
mientras en pie, la lluvia,
como una verja inútil,
transparente,
me protegía del mundo que había fuera.

Sólo al agua
le ha sido concedido el elevarse.
Abandonar la tierra.
Separarse del barro que endurece
y afirma las pisadas de los hombres.

Formar parte del cielo

                                                                    y alejarse.

Huir sin dejar rastros,
sólo el agua,
alma sola, sin cuerpo,
revive sin cadáver.

Pero no tú,
no yo,
polvo con forma
amasado en el fango de los días.


Por eso estoy aquí,
en la otra parte,
fuera.

Miro los mismos ojos que tú ves,
extraños,
mientras en pie,
la lluvia,
como una verja alta,
transparente,
es aduana del tiempo,
es frontera que cierra
el paso hacia la infancia
y separa a aquel niño que me mira
de este largo cadáver que hoy se moja.




II



Qué lejos ya la esclavitud del cuerpo.
Ese empujón constante hacia la nada,
o contra sombras móviles
del pensamiento, atadas
igual que una cometa
en manos caprichosas
que retienen,
aflojan,
o sueltan el cabo.

Lejos también el sueño de la vida.
Mejor dicho, los sueños de las vidas
que entre los dos cargamos a la espalda
cuando creíamos,
en realidad,
ser uno.

Lejos él de yo mismo.

¿Lejos yo de mí mismo?

Ha de existir, seguro, una frontera
que algún día cruzamos sin saberlo
y a partir de ese instante
mientras yo avanzo,
bebes
en un tiempo embalsado
que ampara del dolor,
del crecimiento.

Lejos de ti la esclavitud del cuerpo.
Muy lejos de mí
queda la esclavitud de la quimera.

Habitas en la arena de un reloj
en el que los dos somos
lo mismo y lo contrario.

Tú ya vives, sin mí,
en tu propia muerte
pero sólo la mía ha de matarte.

No podemos juzgarnos.
Somos únicas víctimas
de nuestro único sueño.
Las dos únicas víctimas del juego.






III



Surges entre el olvido.
Rasgas niebla con la mano que agitas.
Eres tú niebla misma,
cuerpecillo que mueves
tu brazo en la distancia.

Vienes como el silencio,
nunca avisas.
Divides mi cerebro en dos mitades,

de golpe,

como un vidrio que cayera
para aislar los dos mundos que estiramos
contra inicios opuestos.

Sé que me estás hablando.
No sé si te despides o me adviertes
pues tus palabras vuelan,
y al intentar volver desde la infancia
quiebran contra el cristal que nos separa
la porcelana ingenua de su cuello.

Pedazos rotos por mi mente ruedan.

A dónde irán las almas de estas aves
si ya es mi frente un féretro cerrado,
pudridero de instantes sucesivos.

No sé si estás llorando.
Estás tan lejos.
Quédate allí, conmigo.
Cultiva esa materia intransitable.
En tu universo el tiempo ya no existe.

No pronuncies siquiera nuestro nombre.
Desconfía de aquello
que te acerque a un camino.

Quédate entre la bruma
porque ya formas parte
del paisaje que juntos construimos.

Te necesito allí para saber que estuve.
Si te vas,
mi vida
se escapa por el hueco que tú dejas.

Quédate.
Allí has de ser feliz.





IV



Para saber de ti me asomo a un pozo.
Me sujeto al brocal.
Grito mi nombre.

Despiertas, en el fondo,
tus pupilas de agua
flotan entre la umbría del silencio,
se mecen en lo oscuro,
me miran,
ven el cielo.
Para saber de ti grito mi nombre
y es circular, concéntricas
las sílabas resbalan
para llegar a ti,
y al rozar suavemente
tu intáctil superficie
extiendes sobre el agua
las ondas de la huida.

¿Por qué siempre te ocultas
cuando me asomo a ti?

Vuelve mi voz volando junto al eco
y hay en ella un vacío
que aísla cada letra de mi nombre.

Qué insalvable distancia se introduce
entre la vida y yo.

En la hondura del tiempo no hay un cambio.
Observo nuestra vida.
Es este hueco
que media entre los dos
y el tiempo ahonda.

Esto que te preserva
y me separa más
en cada diaria muerte
me obliga a seguir siendo mi otro mismo.



XV





Con una línea el mundo se divide.


Es condición del hombre limitar:
las jaulas,
las macetas,
las ciudades.
Reducir la existencia
a bien medidos puntos cardinales
que en sí mismos no tienen dimensión.

Hay sueños parcelados
en vidas troceadas
y el hombre continúa
levantando los muros que me cercan.

Mi vida es un constante
vivir en los fragmentos
de un tiempo que, aunque existe,
ya no me necesita.

Sé que soy un extraño entre vosotros.
Yo,
que sólo deseo
gozar la mansedumbre de los días
esperando que el gallo
anuncie el fin,
sin horas,
sin peldaños,
sin fronteras,
veo que el sol desciende
sobre el único, ya,
horizonte en que creo.

En una línea el mundo se une.


IX


No ser
para volver a ti.

Mirar el balanceo
de la hierba delgada del verano.

La avispa
chupando el corazón
podrido de la fruta

caída.

La casa abandonada.
La humedad que cobijan
los armarios cerrados.

El cauce del jazmín hasta mi olfato.
El perfume del alma
de un árbol que comienza a ser talado.

Hormigas
para volver a ti
me suben por las piernas.

Cerrar los ojos,
con fuerza,
contener el aliento
para saber en dónde.

Correr.

Cruzar el mar,

el maizal

que dobla la altura de un chiquillo
y rasgarme la cara
con el áspero filo de las hojas.
Irme transfigurando
para volver a ti.

Desgarrar la membrana
que envuelve la crisálida.

Correr.

Rasgar la vida

áspera con las hojas.
Llegar al epicentro
profundo del sembrado.

Saber que estás aquí
porque exhalas el fresco olor del alma
de un árbol que ya cae,

recién talado.